"Un hombre que limita sus intereses limita su vida" (Vincent Price)

lunes, 25 de septiembre de 2017

Churchill

El legendario Primer Ministro británico está de moda en el cine, pues dos son los proyectos que sobre él llegan este año a la gran pantalla: Churchill de  Jonathan Teplitzky, que se acaba de estrenar en nuestro país, y Darkest Hour de Joe Wright (ridículamente traducido como El instante más oscuro), que llegará a España el próximo enero. A falta de ver el trabajo de Gary Oldman encarnando al gran estadista en esta última película, hay que decir que Brian Cox le deja un listón muy alto a su compatriota en la primera cinta citada, que se centra exactamente en los días inmediatamente anteriores al Desembarco de Normandía, y en el dilema de Sir Winston, traumatizado por las matanzas que presenció en la I Guerra Mundial, y que no quiere que se repitan de nuevo, a la hora de aceptar que se lleve a cabo la famosa Operación Overlord

The Sinner

Una mujer joven, casada, con un hijo, y que lleva una vida aparentemente normal, mata un día en la playa, delante de todo el mundo, a un hombre al que dice no conocer. El caso no tiene dudas para la ley, que se propone castigarla severamente. Pero un detective se interesa por la chica e intuye que hay algún oscuro y esquivo secreto tras aquel acto homicida, y se obstina en sacarlo a la luz…

Es la sencilla propuesta de The Sinner, una serie de ocho capítulos de 45 minutos de duración cada uno que acaba de emitir la cadena USA Networks en la que brillan en sus papeles protagonistas Jessica Biel (también coproductora) y Bill Pullman. Hace años que soy seguidor de la actriz, que últimamente está demostrando que es algo más que una cara bonita y parece estar alejándose del circuito cinematográfico comercial para participar en propuestas más arriesgadas e interesantes como La verdad sobre Emanuel, Unidas por la sangre o El cuchillo, por citar algunos de los últimos largometrajes suyos que he visto.

Sin ser –pese a lo que pueda parecer por mis últimas entradas– ni mucho menos un serie-adicto, sí que me gusta seguir algunas de vez en cuando, especialmente si son cortas y cerradas como esta, porque aquellas que se extienden varias temporadas invariablemente acaban decayendo incluso hasta el ridículo o la contradicción.

jueves, 21 de septiembre de 2017

¡Que se acaba!

Me alegra comunicaros que la campaña para publicar mi libro Cuentos sombríos  ha sido todo un éxito –dentro de la humildad del proyecto–, y en estos momentos se han prevendido 55 de los 75 ejemplares de los que consta la tirada. Esto quiere decir que ya sólo quedan libres 20 copias, y después se acabó.

Si os interesa reservarlo o queréis ampliar información, podéis hacerlo en el blog que he creado para esta iniciativa:

lunes, 18 de septiembre de 2017

La escoba espacial (Quark)

Guardaba un cariñoso recuerdo del visionado de La escoba espacial en mis años infantiles y siempre había sentido la tentación de revisitarla. Era poco lo que recordaba de ella, básicamente que la protagonizaba Richard Benjamin, que había un personaje llamado Palindrón, al que no le ponía cara y, muy remotamente, la nave principal.

En estas últimas semanas del verano he aprovechado por fin para ver la serie, que encontré por internet con calidad regular. Por desgracia, parece que en nuestro país no se ha editado en DVD, como sí ha ocurrido en el extranjero.

Creada por Buck Henry, el artífice de la legendaria Superagente 86, su título original era Quark, y el episodio piloto se estrenó en mayo de 1977, aunque hubo que esperar casi un año para que llegaran los demás capítulos, un total de ocho con el inicial que conformaron la única temporada de este espacio televisivo. En España la pudimos disfrutar en 1980.

La escoba espacial se inspiraba claramente en seriales clásicos de ciencia ficción como Buck Rogers, Flash Gordon y, por supuestísimo, Star Trek, aunque también añadía elementos y guiños a películas como 2001 o La guerra de las galaxias, pero todo ello en clave de humor, pues la disparatada tripulación protagonista tenía como principal cometido recoger la basura del espacio. Por suerte, La Cabeza, el líder de las Galaxias Unidas, a través de su funcionario Palindrome, adjudicaba a esta singular pandilla otros cometidos más audaces.

Además de al capitán Quark, encontrábamos a los controles de esta escoba espacial a las dos Bettys, ambas enamoradas de su superior y una clonada de la otra –aunque nunca se ponían de acuerdo en quién era la original–, a Gene/Jean, un transgénero que pasaba por momentos de ser un aguerrido astronauta a una delicada damisela, a Ficus, un flemático y cerebral vegetal (claro sosias del Dr. Spock), y a Andy, un robot cobardica. En el primer episodio, antes de ser sustituido por el antepenúltimo personaje nombrado, aparecía el Dr. Mudd como miembro de la tripulación, pero fue su única intervención.

Es imposible no ver esta serie sin una sonrisa por lo entrañable que se hace todo lo añejo y por lo sencillos y graciosos que hoy día resultan sus desfasados efectos especiales y decorados. Qué curioso comprobar a veces lo que se distorsionan los recuerdos que se tienen de algo tan lejano al volver a reencontrarse con él precisamente por eso, por lo que cambian las cosas con el paso del tiempo.

Imagino que la serie no debió de tener un gran éxito al no gozar de continuación. Esa única y breve temporada era otro dato que no recordaba, y tenía la sensación de que había durado más. Aún con todo, en mí al menos consiguió dejar su huella como espectador… 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Harry Dean Stanton

Hay personas que parecen incombustibles, que siempre van a estar ahí, pero no: al final, todo se acaba. El legendario Harry Dean Stanton nos dejaba el pasado viernes 15 a la respetable edad de 91 años. De figura desgarbada, aspecto desaliñado y rostro demacrado y vulgar, su físico atípico, alejado del canon del galán cinematográfico, no le impidió conformar una flamante carrera que comenzó en los años 50 y terminó en este 2017 tras casi dos centenares de interpretaciones. Se inició sobre todo en la pequeña pantalla, y no fue hasta los años 70 cuando se decantó más enégicamente por la grande. Este mismo año le hemos podido ver en Twin Peaks, pero su participación en la serie de David Lynch tan sólo fue el colofón de una inmensa y envidiable trayectoria en la que figura hitos como Los violentos de Kelly, Pat Garrett y Billy the Kid, El padrino: parte II, Alien, Corazonada, Paris, Texas o La milla verde, que muestran su capacidad para en integrarse en los más variados géneros cinematográficos.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Nos deja Basil Gogos

A pesar de su inmenso currículum como pintor e ilustrador, es posible que al gran público no le suene el nombre de Basil Gogos. Pero, a muchos amantes del cine fantástico, especialmente a aquellos que ya tenemos cierta edad, el trabajo de este hombre sin duda nos dejó huella. Y es que Gogos se encargó de las portadas de la legendaria revista de Forrest J. Ackermann Famous Monsters of Filmland –que tuvo brevemente edición española– durante cerca de medio centenar de números entre las décadas de los 60 y los 70.

Gogos, nacido en Egipto, pero de origen griego y afincado en EE.UU., prestó también su talento a las portadas de cómics clásicos como Creepy, Eerie o The Spirit, pósters de películas, e incluso CDs de conocidos grupos y cantantes de rock.

El artista nos dejó ayer 14 de septiembre a los 68 años.

Algunas de las portadas de Gogos para Famous Monsters... ¡Este hombre nos hizo amar a los monstruos!

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El regreso de Twin Peaks

Hay una tenue línea, tan difícil de definir como caprichosa, que separa la excentricidad, a veces incluso la simple majadería, de la genialidad. Y esa línea a menudo la deciden el público, la industria y/o el marketing. Una persona puede ser un chalado o un freak para los que le rodean hasta que, de alguna forma, su originalidad o su supuesto y particular talento es reconocido y aceptado universalmente. En ese mismo momento, un “rarito” pasa a ser adorado por medio mundo y se convierte en una figura de culto dentro de su campo, sea artístico o de cualquier otro tipo. La historia está plagada de muchos de estos casos.

No sé exactamente en qué lado de esa línea se encuentra David Lynch, y no niego que sea un hombre de cierto ingenio y habilidad, pero para mí es claramente un director sobrevalorado que ha impuesto una visión personalísima y, por ello, cómo no, auténtica, atípica y rompedora, sobre la forma de hacer cine y televisión. Lynch ha conseguido que su universo sea aceptado por una legión de seguidores que le han encumbrado como una de las grandes personalidades tras la cámara de nuestra época. Sin querer despojarle de todo su mérito, para mí esta visión del artista es exagerada. Es algo que ya había constatado hace tiempo, pero que final y definitivamente confirmo tras el visionado de esta nueva, tercera temporada de Twin Peaks, que llega a la pequeña pantalla veintiséis años después de la serie original.

Nunca fui un fan empedernido de este espacio creado por Lynch y Mark Frost. La vi en su momento, le encontré aspectos interesantes, pero no me acabó de cuadrar aquella mezcla de thriller sombrío, parcialmente fantástico, con esos toques de humor surrealista y absurdo que la serie comenzó a exhibir sobre todo en su segunda temporada. Aun con todo, la nostalgia y la curiosidad me arrastran a ver esta nueva tanda de 18 capítulos que nos llega en 2017.

Acabada la temporada, hay que decir que poco tiene que ver con la serie que le dio pie; a decir verdad, ni siquiera aparece mucho la población que le da título. Reaparecen muchos de los actores originales, algunos muy brevemente, e intervienen muchos otros nuevos (grandísimo reparto plagado de conocidas estrellas de la pantalla), pero Lynch, que dirige todos los capítulos y parece tener total libertad para su trabajo, se desboca, da rienda suelta a todas sus obsesiones e intereses personales, quizá demasiado desmedidamente. El resultado son dieciocho horas de serial plagado de situaciones disparatadas, personajes demenciales y largas e innecesarias escenas para contar una historia poco explícita que se podía probablemente haber contado en la mitad de ese tiempo. Y, como colofón, un número musical bastante gratuito y normalmente aburrido al final de cada episodio para que el director pueda exhibir a los grupos que promociona.

Visto lo visto, prefiero quedarme con el recuerdo del Twin Peaks original y más bien olvidarme de esta innecesaria secuela, que tiene sus momentos, pero que en conjunto no logra convencerme, y que casi me da igual que tenga a su vez continuación, porque no estoy muy seguro de que vaya a abordarla, llegado el caso.